Robert Owen, pionero del management
Manuel Santos
Redondo (CV)
Universidad Complutense de Madrid
manuelsantosr@terra.es
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Santos Redondo, Manuel : “Robert
Owen, pionero del management”,
Sociología del Trabajo, nº 45, Primavera 2002, pp. 97-124.
Resumen: Robert Owen es estudiado hoy como por los historiadores
del socialismo bajo la etiqueta de “socialista utópico”. Esto hace que
identifiquemos las fábricas de New Lannark con los experimentos que llevó a cabo en su intento
de establecer una nueva sociedad basada en el ideal cooperativo, como New Harmony. En este trabajo se
defiende que se trata de dos experiencias muy diferentes. New
Harmony fue un fracaso cuya explicación interesa a
los historiadores del socialismo. En cambio, New Lannark fue un hito en la organización racional del
trabajo, precisamente por su éxito también desde el punto de vista empresarial,
y no solo filantrópico. La organización del trabajo puesta en práctica por Owen
debido a su experiencia empresarial, merece un estudio desde el punto de vista
de la historia empresarial, y la biografía de Owen hasta 1812 es la de un
empresario destacado de la Revolución Industrial.
bstract:Historians
of socialism use to present Robert Owen under the label “utopian socialist”.
For this reason, we tend to identify the New Lannark cotton mills with the
experiments, such as New Harmony, that he undertook in order to set up a new
society based upon the co-operative principles. It is sustained in this paper
that is a wrong approach: New Harmony was a failure, of interest only for
historians of socialism. But New Lannark was a remarkable success, not only
from the humanitarian point of view, but also in strict business sense. The organization of
work that Owen introduced in New Lannark is worth be studied from the point of view of business
history, and his biography, up to 1812, is that of an important entrepreneur of
the Industrial Revolution.
ROBERT OWEN,
PIONERO DEL MANAGEMENT [1][1]
Manuel Santos
Redondo
Universidad Complutense de Madrid
Los socialistas
utópicos defienden la cooperativa como
instrumento de reforma moral y política, debido a sus ideales
socialistas basados en la perfectibilidad del ser humano mediante la educación
y la mejora de su entorno. Consideran que la cooperativa es la mejor forma de
organización de la unidad productiva, porque dentro de ella el incentivo para
el trabajo es mayor que el mero salario. Esta organización eficiente de la
producción nos llevará a la abundancia, lo que a su vez facilitará esa reforma
moral que pretenden. Pero hasta que llegue esa abundancia, son precisamente los
socialistas, marxistas o utópicos, los que comprenden que lo más importante del
sistema económico y social que está surgiendo de la Revolución Industrial está
en las relaciones laborales dentro de la fábrica. Los teóricos de la gestión de
recursos humanos que hoy estudiamos, a partir de Taylor, son más de un siglo
posteriores; y los economistas hace tan sólo unas décadas que se ocupan del
tema.
Los marxistas,
una vez sentado su objetivo revolucionario, se ocupan de las relaciones
laborales para mostrar la explotación de los trabajadores por los capitalistas.[2][2]
Hasta después de la Revolución rusa de 1917 no caerán en la cuenta de que el
problema de los incentivos para hacer más productivos a los trabajadores no
desaparece con el triunfo de la revolución política. Los socialistas utópicos,
en cambio, al pensar en unidades productivas más pequeñas, se ocupan
continuamente de cómo deben organizarse de la forma más eficiente. Al no ser radicales
en su enfrentamiento con las clases pudientes, apelan a sus sentimientos
humanitarios; pero también a sus intereses, porque están convencidos de que sus
propuestas no sólo traerán la felicidad, sino que son plenamente rentables.
Esta falta de compromiso con la lucha de clases sacaba de quicio a Marx, que los anatemiza en el Manifiesto Comunista; eso es en 1848,
casi medio siglo después de que Robert Owen haya
gestionado con éxito sus empresas. Pero
el fracaso de la economía soviética, precisamente en la organización de la
producción, nos dice bien claro que mejor hubieran hecho los revolucionarios en
atender a las explicaciones de los cooperativistas, y especialmente a los
métodos realmente empleados por Owen antes
de defender las cooperativas como forma eficiente de organización de la
producción.
La historia de
los socialistas utópicos la han escrito fundamentalmente los historiadores del
socialismo. No es esa historia la que pretendo aquí resumir ni discutir.[3][3]
Quienes debemos escribir la otra historia
de los socialistas utópicos somos los que nos dedicamos a la historia
empresarial, a entender las relaciones industriales, la gestión de los recursos
humanos en la empresa, ahora y en el pasado reciente, desde el nacimiento de la
empresa moderna, que precisamente da sus primeros pasos con la centralización
de los trabajadores en la fábrica.[4][4]
Y en esa otra historia destaca sobremanera la figura de Robert
Owen. Por una razón fundamental: sus propuestas "utópicas" venían de
su experiencia como gestor de recursos humanos en las empresas más grandes,
tecnológicamente más avanzadas, y más rentables de su época, y que eran las
primeras "fábricas", pues hasta entonces existía una industria
dispersa o a domicilio. Que se hiciera rico de esta manera, que fuera un self-made-man, no
es una simple faceta atractiva de su biografía: es el fundamento del que
extrajo sus propuestas, que tanto atrajeron a la clase trabajadora de
Inglaterra. Otros utópicos, como Fourier, jamás
supieron lo que era dirigir una empresa. Y en Francia, muchos de los utópicos
son escasamente socialistas (como Saint-Simon), y
otros, en su experiencia práctica, dependientes del Estado para la realización
de sus propuestas. En este trabajo me propongo explicar y discutir la gestión
de empresas que Owen realizó antes de volcarse en la actividad política. Sus
escritos políticos y su actividad pública comienzan después de 1812, cuando
creyó haber demostrado en la práctica que un trato más humanitario hacia los
trabajadores era un incentivo mucho más efectivo que el castigo o incluso que
el mero aumento de salario. Adelantemos ahora que, cuando Owen comienza su
andadura política, es un industrial bien establecido, socio de una empresa
importante del sector textil, que desarrolla su actividad con los últimos
adelantos tecnológicos, con cerca de dos mil empleados, lo que significa que
era el establecimiento fabril más grande de su época en el sector; y que Owen,
además de poseer la novena parte del capital, era el único gestor y cobraba por
su labor de dirección el impresionante salario de 1.000 libras al año. En suma,
era lo que hoy llamaríamos el ejecutivo mejor pagado y al frente de la empresa
más grande y más innovadora. Es de esta experiencia, y no de los libros, de
donde obtuvo sus ideas. Para analizarlas
no podemos olvidarnos de sus escritos; pero es sobre todo a sus hechos a donde hay que mirar. Y,
especialmente, a sus hechos cuando actúa, piensa y siente como un empresario de
la Revolución Industrial.
No tenemos para esta tarea fuentes
fáciles. Su propia Autobiografía, escrita al final de su vida, en 1857, es
fácil pensar que esté reelaborada en su pensamiento teniendo en cuenta la
experiencia política que ocupó la mayor parte de su vida desde 1812. Las múltiples
biografías e historias escritas sobre él se centran más en su labor política
que empresarial; o bien miran a su labor empresarial como si desde el principio
hubiera tenido una motivación humanitaria.[5][5]
Vamos a hacer aquí un esbozo de esa parte más o menos oculta de su obra. Y lo
haremos porque, como he dicho, es la fuente de sus propuestas, lo que explica
mejor el éxito o el fracaso de las mismas. Al final se incluye un texto breve
del propio Owen. Aunque sea un hombre de acción mucho más que un intelectual,
sus escritos son lo único que el lector de hoy tiene para acercarse sin
intermediarios a sus obras. Quien esto escribe es el intermediario en esta
ocasión; el texto permite al lector, por un momento, tratar directamente con el
personaje, sus ideas y sus propuestas.
1814: Los filántropos compran New
Lanark
Vamos a comenzar
el estudio de los hechos de que nos interesan de la vida de Robert
Owen en 1814. En esa fecha, como consecuencia de desavenencias entre los socios
y herederos de socios de la empresa propietaria de New
Lanark, el establecimiento completo sale a subasta.
Es un enfrentamiento entre dos grupos rivales dentro de una empresa, una lucha
interna por el control. Nada que no sea habitual en los negocios, que no haya
sido frecuente en la carrera industrial del propio Owen y que no haya sido
siempre bien resuelto por él. Pero esta vez hay algo especial, que marcará un
punto de inflexión entre dos Owen: uno, el industrial con éxito, de reputación
inmejorable primero entre los industriales, clientes y proveedores; otro,
posterior, el agitador político que conecta con las masas de la clase
trabajadora, el incansable escritor y divulgador de sus escritos, el iniciador
de comunidades, sindicatos, cooperativas. Esta vez los socios que reúne para
intentar comprar New Lanark
y deshacerse de los incómodos socios anteriores no son hombres de negocios.
Owen es, en la sociedad, el único director y el principal accionista. Logrará
comprar el establecimiento, en 114.100 libras.
En su
Autobiografía, escrita como hemos dicho, al final de su vida, y con otros
pensamientos, nos dice Owen que, para entonces, estaba cansado de socios que
sólo querían ganar dinero, que "estaban entrenados meramente para comprar
barato y vender caro". Los seis socios que busca y encuentra esta vez son
diferentes: gente muy distinguida que nunca había tenido contacto comercial con
los negocios ni con el propio Owen. John Walker de Arnos Grove, el más rico de ellos, tenía, por herencia, una
fortuna como para comprar New Lanark
varias veces sin que su patrimonio lo notara. Los demás eran filántropos y
reformadores de inspiración religiosa; y el filósofo (también rico por
herencia) Jeremy Bentham, que nunca
había tenido contacto con un negocio de verdad. Todos aceptaron las condiciones
de Owen: él sería el único director del negocio, sin interferencias; recibirían
el 5% de interés por el capital aportado, y los beneficios (que no cesaron) se dedicarían
a la educación de los niños y la mejora de las condiciones de vida de los
trabajadores. Como podía esperarse de este tipo de socios, las exigencias que
impusieron eran de otra índole: no se darían enseñanzas contrarias a la
religión cristiana, no se promovería el ateísmo, y los libros que pasaran a
formar parte de la biblioteca de la escuela habían de ser aprobados por todos
los socios. Bien diferente a las exigencias de los inversores normales en una
empresa rentable. Precisamente de estas condiciones iban a venir posteriormente
las desavenencias: la educación como diversión, que Owen intentaba implantar, y
la insistencia de Owen en que el "prejuicio religioso" era el origen
de todos los males, tropezó con la visión convencional de la enseñanza que
tenían sus socios y con sus motivaciones religiosas. Robert
Owen tenía ideas muy avanzadas para su época sobre la educación. Creía que se
debían enseñar a los niños de la clase obrera algo más que leer, escribir y las
reglas de la aritmética; que las ciencias naturales, la música, el baile, y los
juegos eran muy importantes. En la escuela de New Lanark introdujo nuevos métodos de enseñanza, con uso de
dibujos y mapas. Pensaba que la educación debía ser natural y espontánea, pero
sobre todo amena. Los visitantes, muchos de ellos ilustres, admiraban la
escuela, pero los socios de Owen rechazaban con fuerza esos métodos. Al final,
la música y el baile desaparecieron, y se introdujeron la educación religiosa
formal y los viejos métodos de enseñanza. Pero esa es una historia posterior,
de la que se ocupan los historiadores del socialismo.[6][6] A nosotros nos interesa el Owen anterior a
ese momento, que es sin duda un cambio importante en su vida y en su actividad
como industrial. Hasta entonces ni siquiera escribe, hace. Después escribe panfletos sin cesar, se dedica de lleno a la
reforma política y a la vida pública, para predicar la generalización de la
sociedad que él entendía había logrado formar con éxito en New
Lanark.
Mencionemos
solamente, antes de repasar hacia atrás los hechos que nos interesan (mezcla de
acontecimientos estelares de la Revolución Industrial y de la vida del propio
Owen) que ni siquiera el segundo Owen fue nunca un intelectual. No tenía mucha
cultura. En la escuela aprendió, hasta los 9 años, a leer, escribir y las
reglas de la aritmética; y luego leyó bastante en su adolescencia, pero la
experiencia en los negocios valía para él más que todo lo que los libros
pudieran enseñar. Lo que más le preocupaba en ese terreno, desde su adolescencia,
era el complejo que siente un hombre rico, pero hecho a sí mismo, ante gente
culta, de buenas maneras. Cuando descubrió que su lenguaje directo, con ideas
claras que iban directas al objetivo de la exposición, y con hechos y datos
relevantes para el tema en discusión, llegaba al auditorio de Manchester con
más fuerza que la retórica de Coleridge, se acabó su
complejo de persona poco ilustrada. La propia mención que hace en su
Autobiografía del debate con Coleridge nos dice bien
claro que no era un romántico: no aparece ningún interés por la poesía de Coleridge y Worsworth (al
contrario que John Stuart Mill,
al que la lectura de estos poetas ayudó a superar una profunda depresión), sólo
una preocupación de quien quiere ascender en la escala social.
Pero incluso
después de este ascenso, cuando era un hombre rico y un triunfador en los
negocios pero dedicado plenamente a la reforma política y moral de la sociedad,
seguía siendo un hombre práctico. La descripción que hace de la compra final,
por parte del conjunto de socios filántropos, es más una justificación, en
términos empresariales, de su gestión anterior: si New
Lanark valía 114.100 libras, debía haber sido una
empresa bien gestionada desde que Owen y sus socios la comprasen, en 1789, por
60.000 libras. Y el establecimiento textil siguió dando beneficios bajo la
dirección de Owen, con socios de cualquier tipo. Nadie mejor que Engels, que junto con Marx
adjudicó la despectiva etiqueta de "utópicos" a los socialistas que
apelaban a los buenos sentimientos de los ricos, para dar cuenta de que la
formación de Owen seguía presente en los años políticos. Dice Engels
en Socialism: Utopian and Scientific [1880]:
"El
comunismo de Owen se basaba en fundamentos puramente empresariales, digamos que
era el resultado de cálculos comerciales. Siempre mantuvo este carácter
práctico. Así, en 1823, Owen propuso remediar la miseria en Irlanda mediante la
formación de colonias comunistas, y llevó a cabo una estimación completa de los
costes de fundarlas, el gasto anual de las mismas, y el rendimiento esperado. Y
en su plan definitivo para el futuro, el desarrollo técnico de los detalles
está llevado con tal conocimiento práctico ... que una
vez que aceptásemos el plan de Owen para la reforma social, habría muy poco que
decir, desde el punto de vista práctico, acerca de la organización concreta de
los detalles."[7][7]
Engels, a pesar de
tener, por sus negocios familiares precisamente en el sector textil en
Manchester, un conocimiento de los asuntos empresariales mucho más directo que Marx, era sin duda un "hombre de libros", y se
extraña de esta característica tan práctica y empresarial en un reformador
social como el Owen a quien él se refiere. Para cualquiera que estudie la
Revolución Industrial y la carrera empresarial del propio Owen, lo
verdaderamente chocante es que los historiadores del Socialismo hayan asociado,
como Engels, la figura de Owen, práctico y
empresarial, con la de Fourier, soñador más bien
loco.
A ese carácter
práctico hay que añadir una visión industrialista, diríamos capitalista, de la
producción moderna que otros defensores de las cooperativas no compartían, bien
por ideología o simplemente porque la mayoría de quienes apoyaban el movimiento
eran gente pobre. Aquí hay un elemento político, la que irrita a Marx y Engels: Owen, además de
poner su fortuna personal en sus experimentos, confiaba siempre en convencer a
los ricos y poderosos para que pusieran grandes cantidades de dinero en sus
proyectos, y así había ocurrido muchas veces. Pero hay un elemento empresarial
que no debemos pasar por alto: Owen tenía claro que la producción moderna
requiere capital, y que cualquier comunidad necesitaba arrancar con una
inversión suficiente como para ser competitiva, no constituirse en un pequeño
mundo aparte. Continuamente vemos disputas con otros dirigentes y pensadores
del movimiento cooperativo porque consideraba que las cooperativas o
comunidades no eran viables sin un capital inicial elevado (Morton,
pp. 38, 48, 49)
El joven Owen, un empresario triunfador
Robert Owen nació en Newtown, en Gales, en 1771. Era un pueblo de unos mil
habitantes, centro de comercio de una comarca rural. Su padre tenía un negocio
de guarnicionería y ferretería. En la escuela del pueblo aprendió lo básico,
pero tenía acceso a las bibliotecas de la gente ilustrada del pueblo, y solía
leer una novela cada día. Con nueve años dejó la escuela, en la que destacaba
tanto como para que el maestro le tomase, desde los siete años, como ayudante
para enseñar a leer, escribir y la aritmética a los demás niños. Entró a
trabajar de aprendiz en una de las tiendas importantes del pueblo, trabajando
todos los días pero viviendo con sus padres. Pero nuestro chaval quería ver
mundo, y con diez años sus padres le enviaron a Londres, donde uno de sus
hermanos estaba bien establecido en el mismo oficio que había aprendido de su
padre. Con recomendaciones familiares consiguió trabajo de aprendiz en Stamford, una "ciudad de provincias", ciento
sesenta kilómetros al norte de Londres en la ruta hacia Manchester y Escocia.
En su Autobiografía, Owen siempre da los detalles comerciales, técnicos,
salarios, todo detallado de la manera que llama la atención del intelectual,
pero que no sorprendería a ninguno de sus colegas en los negocios. (Resulta notable que los escritos políticos
de Owen sean repetitivos y bien poco atractivos, y sin embargo su
Autobiografía, escrita como cualquier autobiografía de un hombre de negocios
triunfador y en un lenguaje nada grandilocuente y siempre llena de datos, sea
el único de sus libros atractivo y agradable de leer). Su contrato era por tres
años; el primero sin paga, el segundo con un salario anual de 8 libras, y 10
libras el tercero. Todo ello con alojamiento, comida y lavado de ropa en la
casa. ("Desde entonces, con diez años, nunca más necesité dinero de mis padres",
nos dice Owen). El empresario, James McGuffon, era un
comerciante reputado, hecho a sí mismo, que trató al chaval como uno más de la
familia, y su biblioteca permitió a Owen seguir leyendo. Pero nos interesa lo
que empieza a ser una formación empresarial práctica. "El señor McGuffon me introdujo cuidadosamente en la rutina de los
negocios, me enseñó sus detalles, hasta acostumbrarme al orden y a la
precisión. El negocio funcionaba de acuerdo a un sistema bien diseñado, con
resultados muy rentables" (p. 17). Era un comercio textil de importancia,
sobre todo de ropa de lujo para mujer, y muchos de los clientes eran de la más
alta nobleza. Owen destaca por igual dos cosas que aprendió: las maneras de
aquella gente, y el trato cuidadoso con las mercancías finas y delicadas.
Pasados los tres
años, nuestro adolescente seguía queriendo ver mundo, y eso significaba
Londres, Londres, Londres. Con las recomendaciones de McGuffon
entró a trabajar en una gran tienda de tejidos de Londres, "Flint and Palmer", en London Bridge. Tenía comida y
alojamiento en la casa, "y un salario de 25 libras anuales, y me consideré
a mí mismo rico e independiente" (p. 25). Pero los clientes eran muy
diferentes, muchos de clase inferior; y recibían un trato impersonal, sin coba
ni regateo en el precio. En la temporada de más actividad, la tienda permanecía
abierta desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche, los empleados
tenían que madrugar bastante más para llegar vestidos y peinados de forma
impecable. Comían algo rápidamente y por turnos, y luego se quedaban ordenando
el género, ya sin los clientes en el establecimiento, hasta las dos de la
mañana. Demasiado, aunque fuera en Londres. Owen utilizó sus recomendaciones y
consiguió trabajo en un comercio importante de Manchester, con un salario,
además del alojamiento, de 40 libras anuales, que ya era dinero. Las
condiciones de trabajo eran buenas, los empleados solían ser de buena familia,
y Owen trabajó allí hasta los 18 años.
Entonces, uno de
los proveedores le habló de la nueva maquinaria que el industrial e inventor Richard Arkwright
estaba introduciendo en la fabricación de tejidos, y le propuso dedicarse
fabricar y vender esas máquinas. Owen pidió prestadas 100 libras a su hermano
en Londres y se embarcó en su primera aventura empresarial. Pronto tenían
cuarenta empleados, compraban a crédito la madera y el hierro, y el negocio
funcionó bien. Pero era él quien lo llevaba: su socio era bueno en asuntos
mecánicos, pero llevar las cuentas y dirigir al personal era tarea de Owen, que
no entendía de máquinas pero se aplicó con intensidad. Considerándose bastante mejor empresario que
su socio, Owen, en cuanto pudo, se estableció por su cuenta como empresario
textil, utilizando tres de las máquinas producidas por su antigua empresa y que
recibió como recuperación del capital invertido (pp. 31-32).
La naturalidad
con que hablamos de negocios, máquinas, trabajadores y tejidos nos hace olvidar
lo que es una cuestión fundamental: estamos en 1790, en los años de ebullición
de inventos y producciones de lo que hoy conocemos como Revolución Industrial,
pero no era nada obvio para los contemporáneos (García Ruiz, 1994, p. 25). Unas
décadas más tarde la sociedad será plenamente consciente del inmenso poder de
multiplicación de la riqueza material proporcionado por la nueva industria, y
de las consecuencias sociales del cambio en la organización social. Es decir, a
la vez de la miseria colectiva y de las posibilidades de resolverla, ambas sin
precedentes y ambas a la vista de cualquier contemporáneo, sin necesidad de
perspicacia o investigación. Pero esto no era así cuando nuestro casi
adolescente Owen está iniciando su espectacular carrera empresarial. Las
máquinas, el que los trabajadores estuvieran agrupados en las fábricas, los
tejidos de calidad, todo era tan nuevo como los
ordenadores podían serlo para nosotros hace veinte años, y todo ello estaba
empujado por su espectacular rentabilidad y el ingenio de mecánicos y
capitalistas, no por la ciencia de las universidades. El lenguaje es el que más
claro nos lo muestra: escribiendo en 1857, todavía dice Owen de su primera
empresa propia: "Alquilé un edificio grande de nueva construcción, o
fábrica (factory),
como empezaba a llamarse a estos sitios" (p. 34). Comenzó a fabricar
tejidos de calidad, que nadie hacía entonces en Inglaterra. "Ganaba una
media de seis libras de beneficio cada semana, y consideraba que lo estaba
haciendo bien para ser novato" (p. 36). Entonces apareció en la prensa de
Manchester un anuncio pidiendo un director para una gran fábrica que estaba en
proceso de instalación. Un capitalista importante de Manchester, Peter Drinkwater, había
construido una fábrica para producir tejidos finos, y cuando el edificio estaba
terminado y montándose en él la maquinaria, su director, un reputado ingeniero,
se marchó a otra empresa como socio. Owen, con 20 años, se presentó a la
entrevista y pidió un salario de 300 libras, lo que sorprendió al capitalista
aún más que su edad. Pero cuando le convenció, mostrándole los libros de
cuentas y el funcionamiento de su propio negocio, de que ese dinero era lo que
él estaba ganando en ese momento, consiguió el puesto. De un día para otro, se
vio al frente de una empresa de 500 empleados, dejada el día anterior por el
ingeniero director, y sin más ayuda para entender el funcionamiento de todo que
los dibujos y los cálculos del anterior director, la organización ya en
funcionamiento y la propia capacidad de trabajo y de observación del
jovencísimo Owen. Durante seis semanas solo contestó sí o no a las preguntas
sobre lo que había que hacer, sin dar ninguna orden directa. Pero después de
ese tiempo, no sólo era capaz de conocer, dirigir y organizar el negocio, sino
que producía el tejido de más calidad de
Inglaterra, que es como decir entonces
del mundo, y se hizo una fama entre los empresarios y profesionales del sector.
¿Qué tenía Owen
para semejante hazaña? Hay mucho de estar al día en las continuas innovaciones
tecnológicas, en la calidad de los tejidos y en las posibilidades de las
materias primas, como el algodón de Estados Unidos.[8][8]
Pero sobre todo hay mucho de gestión de personal en la fábrica, en una época en
que la fábrica y la gestión de personal eran nuevas o inexistentes. Los
trabajadores de la fábrica se mostraban
disciplinados, y a la vez satisfechos con las reglas y el modo de
dirección establecido por Owen. El propio Owen destaca la influencia que ejerce
sobre los trabajadores. Escribiendo en
1857, lo achaca a su conocimiento de la naturaleza humana, adquirido al
abandonar "los prejuicios religiosos"; no se le ocurre pensar que se
deba a su capacidad de motivar adecuadamente al personal, entendida como parte
de sus habilidades naturales y
conocimientos técnicos de gestión. Después de seis meses de gestión,
"yo tenía una influencia completa sobre los trabajadores, y su orden y
disciplina superaba a la de cualquier fábrica de la zona. Eran un ejemplo de
regularidad y sobriedad, y ganaban salarios más altos y eran más independientes
que nunca" (p. 42). Además, la fabrica estaba
ordenada y limpia de forma que estuviera siempre lista para ser inspeccionada.
El señor Drinkwater, el capitalista, apenas pisó la fábrica, pero
sabía bien, ahora aun mejor que cuando se había atrevido a contratar a un joven
de veinte años para ese puesto, la estrella que había fichado. Ofreció a Owen
unas condiciones que le asegurasen sus servicios: 400 libras anuales para el
siguiente año, 500 para el tercero, y al cuarto año pasar a ser socio con una
cuarta parte del capital y de los beneficios. Pero cuando Owen debía entrar
como socio, los planes matrimoniales (y patrimoniales) para la hija de su
patrón se interfirieron: el pretendiente era Samuel Oldknow,
uno de los más importantes industriales del sector, y en cuyos planes no
entraban socios como Owen. Así que nuestro ahora reputado director industrial
se puso por su cuenta, pero ya no como un novato. Con otros dos socios
capitalistas pasivos, formó la "Chorlton Twist Company", bajo su
dirección, y para poner en funcionamiento nuevas fábricas, que tardarían algo más
de dos años en entrar en producción. Robert Owen era
ahora un gestor reputadísimo, con contactos capitalistas y comerciales en
Manchester y Escocia, y en no escasa medida, un
hombre de negocios establecido.
En este momento
se entrelaza la vida sentimental y la carrera industrial de Owen. La
autobiografía, en este momento, podría ser una novela de Jane Austen, que bien poco tiene que ver con el futuro
reformador que pretenderá abolir la
familia y provocará tal rechazo entre las clases acomodadas y bienpensantes que
llegará a ser considerado el Anticristo.
Dice el propio Owen: "Ahora que estaba establecido con éxito como
socio en una de las compañías más respetables de Manchester, me sentí inclinado
a buscar una esposa" (p. 65). Tanto en el casamiento de la hija de su
anterior patrón, como en el suyo propio, Owen explica sin mayor extrañeza (que
sí provoca sin duda en el lector de hoy, a no ser que se lo tome como un pasaje
de las novelas de Austen) la negociación de las
condiciones patrimoniales del contrato, la dote, la posible herencia, y los
lazos empresariales que se ponían en marcha entre las empresas de ambas
familias. La esposa pretendida por Owen era la hija de David Dale, uno de los
industriales más respetados de Escocia. También, como Owen, un self-made-man,
hijo de un tendero, que después de tener éxito como hombre de negocios se casó
con la hija de un importante director del Royal
Bank of Scotland.
Dale era
propietario de la fábrica de tejidos más grande de Gran Bretaña, en New Lanark, a unos cincuenta
kilómetros de Glasgow. Richard Arkwright había
construido su primera fábrica, que utilizaba un caballo como fuerza motriz, en
1772; once años después Arkwright tenía cerca de
cinco mil empleados en diversas fábricas. Buscaba socios que aportasen el
capital mientras él aportaba las (discutidas) patentes para usar sus máquinas.
En 1782 Arkwright y Dale estudiaron los saltos del
río Clyde, celebrados por poetas y pintores, con la
mente puesta en la utilización de su energía para la industria del algodón, y
formaron una sociedad para desarrollar el proyecto. En 1784 ya estaban construidas varias fábricas y un pueblo entero; entonces
Dale compró a Arkwright su parte y se convirtió en el
único propietario. David Dale era, además de un industrial importante, un
filántropo y líder religioso. New Lanark
era ya un establecimiento modelo con él, a pesar de la terrible descripción que
hace Owen de las condiciones de los trabajadores cuando él llegó. Un visitante
de New Lanark escribía en
1796: "Es una verdad que debería grabarse en letras de oro, para honrar
eternamente al fundador de New Lanark, que de los casi tres mil niños que han
trabajado en estas fábricas en doce años, solo catorce han muerto y ninguno ha
sufrido condena criminal" (Owen, Robert Dale, 1967, pp. 27-35). Esta mención a las muertes
por accidentes o malnutrición y a los castigos serios no deben
tomarse a broma. Los niños trabajaban en las fábricas hasta el agotamiento, y
les resultaba difícil mantener la velocidad que se les exigía en el trabajo.
Los castigos físicos, a veces brutales, eran frecuentes, por llegar tarde, por
hablar con otros niños, por algún error real o aparente. Si se escapaban de la
fábrica podían ser enviados a prisión, y si se temía que se fugasen se les ponía
grilletes. El hecho de que sea el nieto de David Dale, escribiendo casi un
siglo después y sin duda con otros standards de moral
y de higiene y salud, el que destaque esto como mérito nos dice bien claro cuál
debía ser la situación más frecuente en otras fábricas
Si hemos de creer
a Owen en su Autobiografía, se enamoró de Anne Caroline Dale y, puesto que necesitaba la aprobación de su
padre, lo mejor que se le ocurrió fue entrar en negociaciones para comprar New Lanark. Finalmente la "Chorlton Twist Company", de la que Owen era gestor y propietario de la novena parte del capital,
adquirió los establecimientos por 60.000 libras. Era el verano de 1797, Owen
tenía 28 años. Importantes amigos de Owen influyeron también sobre David Dale
para convercerle de las virtudes de Owen como
yerno, y el 30 de septiembre se acordó
el matrimonio de Robert Owen y la hija de David Dale.
En enero del año 1.800, Owen se hizo cargo de New Lanark, como socio propietario y único director. Margaret Cole nos dice, en su
biografía de Owen, juzgando por las cartas que ambos se escribieron, que Caroline estaba muy enamorada cuando se casaron, y así
siguió toda su vida; pero que "es dudoso si no eran las fábricas tanto
como la dama lo que atraía a Owen" ("it is doubtful whether
it was not
the mills as much as the lady which attracted him", Margaret Cole, p. 35-36). Como
hemos dicho antes, el tono de la autobiografía, como el de las novelas de Austen, cuando habla de las condiciones de los matrimonios
es el mismo que cuando se refiere a las condiciones de los contratos
mercantiles, y resulta difícil pensar que el Owen industrial triunfador de 28
años diferenciase el amor del ascenso social.
Pero volvamos a
los negocios. Owen se convierte en el director de la fábrica más grande de Gran
Bretaña, un reputadísimo gestor que llegaría a cobrar por su trabajo 1.000
libras anuales además de su parte en los beneficios, y un hombre de negocios
bien establecido y relacionado. Lo que hoy llamaríamos el ejecutivo de la
principal empresa del sector puntero en tecnología en un momento de
efervescencia industrial. Desde luego que no es esta la labor por la que Owen
es más conocido; pero insisto que lo que aquí pretendo no es solo destacar esa
atractiva faceta de su biografía, sino que sostengo que sus ideas de
organización de la sociedad provenían de su experiencia como hombre de
negocios, concretamente como gestor de personal en una época en que todo eso
era nuevo. De su experiencia en motivar e incluso transformar a las personas
para hacerlas más productivas a la vez que más felices. Y que, por tanto, mucho
más que sus escritos políticos, son sus hechos en ese período en que está
logrando las cimas más altas del self-made-man los que tenemos que mirar si queremos entender lo
más importante de su contribución al progreso de la humanidad.
New Lanark bajo la dirección
de Robert Owen
En New Lanark Owen no solo se
propone llevar a cabo una buena gestión empresarial, sino un experimento
social. Eso dice en su Autobiografía, escrita en 1857. Pero lo cierto es que
hasta 1812 Owen no tiene nada que ver con la política, piensa y siente como un
industrial y lo único que le preocupa de los círculos intelectuales y
distinguidos es cómo consolidar en ellos su posición social a pesar de su
acento galés y su escasa educación formal. Así que analicemos su trabajo en New Lanark, sin preocuparnos de
si lo hacía como empresario o como filántropo. De lo que no cabe duda es de que
lo hacía bien como empresario: el establecimiento aumento su valor y no dejó de
producir importantes beneficios, además de proporcionarle a él uno de los
salarios más altos de la época (García Ruiz, 1994, pp. 28-29).
Owen y sus
contemporáneos describen el pueblo industrial de New Lanark como la antítesis de una población adecuada para la
industria: la depravación moral que todos señalan se traduce, en lenguaje
actual de gestión de personal, en alcoholismo,
delincuencia (que incluye sobre todo robos en las fábricas), absentismo,
nula motivación y escasa productividad. No cabía esperar otra cosa, a pesar de
que David Dale tenía sin duda mucho mejor corazón que la mayoría de sus colegas
industriales. Especialmente sobrecogedoras, sea cual sea su resultado en la
productividad, son las condiciones de trabajo de los niños. Los empresarios de
las fábricas eran responsables de su comida, vestimenta, alojamiento y
educación, pero bien pocos lo hacían en condiciones humanas. Los niños, en
consecuencia, apenas crecían y estaban pálidos y con deformaciones físicas, y
casi siempre analfabetos. No existía ninguna seguridad física en el trabajo, y
muchos niños resultaban muertos o heridos en accidentes de laborales. New Lanark era, antes de llegar
Owen, un establecimiento mucho más humanitario de lo normal, en cuanto a
alimentación, alojamiento y escolarización; aún así, resulta, para un lector
moderno, aterrador tan solo imaginarlo. En cuanto a la escolarización, en 1796,
David Dale informaba al Manchester Board of Health
que, de los 500 niños, 80 sabían leer, 24 de ellos lo suficientemente bien como
para no necesitar más escolarización.
New Lanark es el paradigma de la dislocación que supuso para la
sociedad británica la Revolución Industrial. Era un pueblo completamente nuevo,
de más de dos mil habitantes. Owen llama
ciudad ("market town")
a su Newtown natal, de unos mil habitantes; pero
todos llaman pueblo, "village", a New Lanark. De los 2.000
trabajadores, 500 eran niños, reclutados generalmente de orfanatos (workhouses) de
Edimburgo y Glasgow, porque los trabajadores eran reacios a permitir que sus
hijos trabajasen en las fábricas. Los niños eran adecuados para ese trabajo, no
solo por su bajo coste, sino porque su pequeño tamaño les permitía introducirse
en los entresijos de las máquinas para recoger el algodón que iba cayendo o
revisar posibles averías. Todo esto se hacía continuamente, mientras las
máquinas estaban funcionando. La mayoría
de los obreros procedían de remotas aldeas en las Highlands
de Escocia, y ni siquiera habían visto nunca un edificio de varias plantas,
como el que albergaba el impresionante ingenio que con una gran rueda movida
por el agua en el sótano, distribuía a las diferentes plantas la energía para
que funcionasen los telares. [Figura nº 1.-
Dibujo del edificio principal y el mecanismo de utilización de la fuerza
motriz del agua, en New Lanark.] [Figura nº 2.- Las fábricas de algodón de New Lanark, según una ilustración
de la época.] Los niños eran la
verdadera mano de obra de las fábricas. Empezaban a trabajar a los cinco o seis
años, con una jornada de trabajo de hasta catorce o incluso dieciséis horas, y
a los poco años su palidez y malformaciones físicas eran inevitables. No es de
extrañar que fuera precisamente en este terreno donde confluyeran el Owen
industrial y el Owen reformador social, en un sentimiento compartido por muchos
de las clases acomodadas. Las críticas a la religión, a la familia, y a la
propiedad privada, alejaron después a Owen del respeto de los bienpensantes.
Pero en la primera década del siglo XIX, su nombre significaba todo menos
socialismo utópico: conjugaba los sentimientos humanitarios de buena parte de
la clase acomodada e ilustrada ("la fábrica llegó a representar para la
conciencia puritana la imagen perfecta del infierno", nos dice García
Ruiz, 1994, p. 29, citando a Mantoux) con la
evidencia contrastada en New Lanark
de que unas condiciones de trabajo mejores no disminuían sino aumentaban la
rentabilidad de las grandes fábricas. Conviene recordar aquí que Richard Arkwright, el coloso empresarial del mismo momento y sector
que Owen, y al que no conocemos intereses distintos que los empresariales,
nunca permitió que sus trabajadores excedieran las doce horas de jornada
diaria, cuando en la mayoría de las fábricas esta jornada era de catorce horas
o más (George, p. 56).
Volvamos a la
administración de personal y la rentabilidad, que eran las tareas de Owen en New Lanark. El primer problema con el que se enfrentó,
acostumbrado como estaba a ejercer gran influencia sobre los trabajadores, es
que éstos, además de la resistencia natural a cambiar de hábitos, eran
escoceses a los que se les imponía un director inglés. Esta vez no fueron seis
meses, sino seis años los que necesitó para ganarse su confianza. New Lanark fue conocida en todo
el mundo como uno de los primeros experimentos de crear un entorno de trabajo y
unas condiciones de vida aceptables para la población trabajadora, sin
apartarse del proceso industrial de mecanización a gran escala. Aparte de la
escuela, se construyeron viviendas mejores
para los trabajadores y sus familias, con iluminación por gas, y condiciones higiénicas cuidadas. Owen
mejoró las tiendas, lo que se tradujo, nos dice con su habitual precisión, en
una mejora visible de su salud y de su vestimenta: ahorraron el 25% de sus
gastos y mejoró la calidad de la mercancía. Pero la confianza de los
trabajadores se la ganó Owen en una situación más dramática: en 1806 Estados
Unidos suspendió sus exportaciones de algodón por una crisis diplomática. El
precio de la materia prima no hacía rentable la producción, y la mayoría de las
fábricas pararon y dejaron sin empleo a los trabajadores hasta que se solucionó
la crisis, cuatro meses después. Pero Owen paró la producción sin dejar de
pagar a los obreros, 7.000 libras en total sin más contrapartida que mantener
la maquinaria limpia y en buenas condiciones. No se descontó ni un penique del
salario de nadie. "Este proceder ganó la confianza y el corazón de toda la
población". (David Dale había actuado de forma parecida antes de llegar
Owen, cuando un incendio destruyó parte de las fábricas. Morton,
p. 77).
En esta medida
vemos la conjunción de lo que resulta siempre mezclado en la gestión de Owen:
el establecimiento de un implícito pero cierto seguro de desempleo, que sin
duda ha de tener efecto sobre la motivación y el clima laboral en la
empresa; y el paternalismo de una
actuación que todos los trabajadores atribuyen a un patrón con cara y nombre,
al que amar y admirar. Owen era completamente contrario a los castigos
corporales, que eliminó de la educación de su establecimiento; y creía en los
estímulos positivos. No obstante, tenía que inventar procedimientos para
controlar los hurtos en la fábrica y para controlar el rendimiento. Lo primero
lo hizo con un sistema de control que hacía evidente en qué punto de la cadena
se había echado en falta una herramienta: en otras palabras, qué trabajador era
el culpable del robo. Lo segundo lo hizo con ayuda de lo que consideró el
ingenio más eficiente para controlar la conducta poco diligente de los trabajadores:
el "vigilante silencioso" (silent monitor).
Se trataba de una pieza de madera de forma cúbica, que podía girar sobre un eje
para mostrar una de las cuatro caras visibles, pintadas con cuatro colores
diferentes: negro, azul, amarillo y blanco. Había un cubo para cada empleado,
colgado en un sitio bien visible para todos, y el color decía cuál había sido el comportamiento del
trabajador el día anterior: negro si era malo, blanco si era excelente, azul y
amarillo para el comportamiento regular o bueno. Además, se llevaba registro
diario esta conducta, en los libros de registro que duraban toda la vida
laboral del trabajador.[9][9]
El superintendente de cada departamento ponía diariamente cada "vigilante
silencioso" en la posición corresponiente, y el
jefe de fábrica ponía el del superintendente. Si alguien no estaba de acuerdo,
tenía derecho a quejarse a Owen, o al jefe de fábrica si Owen no estaba, antes
de que la puntuación se registrase en el libro; pero estas quejas se producían
muy raramente. Esto tuvo un efecto de mejora que superó cualquier expectativa.
"Así yo podía ver de un vistazo, según pasaba por cada dependencia de las
fábricas, cómo se había comportado cada uno durante el día anterior" (pp.
112, 189). Los colores que predominaban fueron pasando del negro al blanco.
Pero de nuevo la pregunta: ¿A qué se debía esta mejora del comportamiento? ¿A
la mejor forma de organización y control que suponía el registro de
comportamiento, o a la figura paternal de Owen, que ejercía ya la influencia
deseada en los trabajadores? Margaret Cole (p. 58) nos dice que "Owen trataba a sus
trabajadores como lo hacía con los niños en la escuela. Los trabajadores que
tenía no eran muy cualificados, y Owen trataba a los niños de una forma
bastante más racional que la mayoría de sus contemporáneos. Así que ésta puede
ser una de las razones de su éxito." Edmund
Wilson (p. 116) es aún más claro, interpretando la mirada de Owen con mucho más
significado que el de un supervisor objetivo. En su espléndido libro Hacia la estación Finlandia[10][10] dice que si alguien tenía el color negro, Owen no le decía nada,
"fijaba simplemente su mirada, según pasaba, en el trabajador
culpable" y esto era suficiente para avergonzarlo. La explicación del
propio Owen pretende ser muy distinta de la de Wilson, pero juzgue el lector:
"los obreros me observaban cuando miraba los telégrafos [como la gente
llamaba a los silent monitor] –cuando el color era negro, me
limitaba a mirar al empleado y luego al color–, pero nunca dije ninguna palabra
a ninguno de ellos a modo de reproche" (Autobiografía; recogido en Morton p. 77).
Pollard hace una
interpretación bien alejada del paternalismo:
"Un ejemplo
de caso aislado de reflexión consciente sobre la dirección de empresa e intento
de sistematizarla es el de Robert Owen, primero en
Manchester y luego en New Lanark.
... Su ventaja competitiva no provino de una gran capacidad de negociación, ni
de unos canales de comercialización especialmente eficaces, sino que surgió de
su capacidad de ganarse la colaboración de sus trabajadores sin por ello
pagarles más que salarios competitivos, así como la 'metódica disposición' de
la fábrica, una atenta política de modernización técnica y una cuidadosa
selección y formación de los subdirectores. Es probable que su éxito se debiera
en gran medida a su capacidad de manejar las técnicas administrativas del
sistema fabril, técnicas que, en aquella época, eran totalmente ajenas a la
experiencia de los hombres que estaban explotando esta nueva forma de
organización social. Cuando Owen llegó de Manchester para hacerse cargo de la
dirección de las fábricas de New Lanark,
estaba dotado de un conocimiento de los procesos administrativos de la
dirección de una fábrica que tal vez fuera único en la época. Esto le permitió
realizar la más fina de las hilazas, con la cual se obtuvieron los grandes
beneficios que sirvieron de base a sus proyectos filantrópicos" (Pollard, pp. 329-330).
Estas dos
posibles interpretaciones del éxito de cada medida de Owen en la administración
de personal, la paternalista o la del conocedor de las técnicas de
administración de personal (las dos explicaciones no son necesariamente
contradictorias) van a ser más importantes en la segunda etapa de su vida, la
que no analizamos aquí. Cuando se lanza a fundar comunidades que extiendan los
métodos humanitarios de New Lanark
(aunque menos industriales, pues pretende que sean autosuficientes), se repite
una y otra vez la misma situación: las cosas no van mal al principio,
pero cuando Owen, que creía en los principios igualitarios de que hablaba,
quería que la comunidad siguiera funcionando sin él, con los directores que él
había formado, entonces el fracaso era absoluto. Wilson (p. 116) destaca los
nobles ideales del patrón: "Owen había empezado su labor en New Lanark con los seres menos
prometedores que quepa imaginar. Y nunca se le ocurrió pensar que su propio
carácter era excepcionalmente elevado, y que a él y no a la bondad natural de
los hijos de aquellos padres miserables se debía el que New
Lanark fuera una comunidad modelo. No comprendió que New Lanark era un mecanismo que
él mismo había creado y que personalmente tenía que controlar y mantener en
funcionamiento." Estas virtudes como dirigente industrial pueden ser muy
bien defectos para trabajar en equipo. William Lovett,
uno de los dirigentes del cartismo y que trabajó
después con Owen en el movimiento cooperativista, afirma que Owen era fundamentalmente
despótico y resultaba prácticamente imposible colaborar con él sobre bases
democráticas.[11][11] Añadamos a estas explicaciones que no todos valemos igual para
gestionar una empresa y organizar y motivar a sus trabajadores; Owen era un
genio, al que los capitalistas no dudaban en pagar bien por su trabajo.
Convertido en reformador social, filántropo y terco "hombre de una sola
idea", como le consideraron los intelectuales que primero se acercaron a
él con toda la atracción, simpatía y admiración, parece que se le olvidó que la capacidad para
los negocios es un conocimiento y una habilidad compleja, más importante cuanto
más compleja es la economía en la que se desarrollan los negocios. Debió pensar
que las mil libras anuales que cobraba por dirigir New
Lanark eran absurdas, cualquiera podía hacer ese
trabajo.
Owen realizó
intentos de nuevas comunidades en Estados Unidos, Inglaterra e Irlanda, y perdió en ellos toda su fortuna. No era solo
que sus ataques a la religión y a la familia le convirtieran en una mala
compañía para la gente bienpensante; ahora ya no tenía ni el dinero de un
industrial acomodado ni la reputación de buen gestor, sino todo lo contrario:
la de visionario utópico. Además de sus
ideas y su perseverancia, mezcla de nobleza y vanidad, seguía teniendo línea
directa con los trabajadores, llegaba a ellos plenamente con sus ideas, sus
propuestas y su carisma. Y desempeñó un papel político importante en Gran
Bretaña, en el Movimiento Cooperativista y en el Grand National Consolidated
Trade Union, el gran
sindicato de efímera existencia. Al final de su vida creyó en el espiritismo y esperó
la visita de las almas magnánimas que había conocido.[12][12] Regresó en 1858 para morir en la pequeña ciudad de Gales donde había
nacido. Pero esta es otra historia, otra
época, una página importante en la historia del socialismo, pero sin duda una página
pasada. Sin embargo, la primera época, la del administrador de recursos humanos
en un período y un sector donde se están produciendo las innovaciones
tecnológicas y los cambios sociales más importantes, ese primer Owen no sólo es
un precursor de la que a principios de este siglo discutirán y aplicarán los
seguidores de F. W. Taylor y de Elton Mayo: es un
genio de la administración que es capaz de enfrentarse a una situación nueva y
resolverla aplicando, con tosquedad expositiva pero con eficacia práctica, las
mismas ideas que todavía hoy discutimos y apenas conocemos. Los socialistas
tienen perfecto derecho a considerar a Owen un precursor, y discutir sus
virtudes y sus defectos desde esta perspectiva. Pero los que miramos dentro de
cada empresa para entender el sistema adecuado de relaciones laborales en cada
momento, con cada tecnología y también, claro, cada sociedad, tenemos mucho que estudiar de Robert Owen, y ninguna razón para considerarle
"utópico".
Robert Owen en la historia empresarial
Hemos empezado
este trabajo diciendo que la bibliografía sobre Robert
Owen y su fama como reformador social son inmensas,
pero que su relevancia como pionero de la gestión profesional de la empresa es,
por lo general, mucho menos valorada y estudiada. García Ruiz, en su libro Historia Económica de la Empresa Moderna
(1994, pp. 30, 161, 164-171), acierta plenamente al situar a Owen en el
apartado "La empresa moderna en Gran Bretaña", y destacar que importa
"saber cómo se enfrentaron a los problemas de gestión y control algunos
grandes empresarios como Ambrose Crowley
[que dirigió una fundición de hierro hacia 1700] o Robert
Owen" (p. 161). Pero el texto elegido nos trae al Owen utópico, no al
dirigente industrial.[13][13] Lo titula "El
reglamento de una gran empresa ideal a principios del siglo XIX",
referido a una cooperativa autosuficiente, de 500 miembros. Este el tipo de
intentos que hoy asociamos con Owen; pero sus contemporáneos, en la fecha en
que publica y difunde estas propuestas, le consideraban un self-made-man, un hombre de éxito empresarial
hecho a sí mismo, con conocimientos técnicos, de dirección y de gestión de
personal, en el sector puntero de la revolución industrial. Sus relaciones y
contactos no eran intelectuales ni políticos, sino empresariales, y todo ello
construido entre los 20 y los 28 años. Y si queremos ver cómo funcionaba una
gran empresa ideal en el siglo XIX, no es al reglamento voluntarista
de una cooperativa donde tenemos que mirar; sino a la forma concreta en que
Owen organizó con éxito, como director a sueldo, una empresa de 500 empleados,
tamaño bastante respetable para la época, 1791. Y después, como principal socio
propietario y único director, el establecimiento textil de New
Lanark, en Escocia, con casi dos mil empleados, y que
era no sólo una de las mayores empresas textiles de su época, sino una empresa
modelo desde el punto de vista
empresarial. Sólo en 1813, como
consecuencia de una disputa con los socios, y siendo ya Owen un hombre
importante y respetado por el establishment, comienza a pensar en socios filántropos
"que no estén deseosos de ganar dinero". Ahí empieza el Owen
político, el difusor de nuevos ideales cooperativistas, el filántropo o soñador
que se gasta su fortuna en fundar nuevas comunidades ideales. Pero el hecho de
que primero hubiera ganado su fortuna en el sector textil no es sólo un dato
biográfico: había ganado su fama y su fortuna aplicando métodos de gestión, especialmente de gestión de personal (aparte
de introducción de maquinaria y prácticas comerciales y empresariales sanas); y
fue precisamente el éxito de esos métodos, contrarios a lo que se consideraba
"productivo" en su época, lo que convenció a Owen de que había que
mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. En otras palabras, con un
buen ambiente de trabajo aumenta la productividad, pensaba Owen. Esto tiene
poco que ver con la filantropía, sobre todo cuando "pensaba"
significa "había aplicado con éxito en la industria en contra de la
opinión generalizada".
A pesar de todo,
en la segunda etapa de su vida Owen seguía siendo un hombre práctico, bien poco
intelectual. En el texto que recoge García Ruiz podemos leer la siguiente
recomendación: "VI. Que cuando el capital adelantado por los miembros haya
sido devuelto y la educación de todos sea suficientemente elevada, la dirección
del establecimiento será confiada a un Comité ... Pero hasta que llegue ese momento, el Comité
estará formado por doce personas elegidas en una Junta General Anual: ocho
serán elegidas entre aquellos miembros que hayan adelantado 100 libras o más,
y cuatro por los restantes miembros" (p. 165; cursivas mías). Y el propio Engels, como hemos visto, se sorprende de que, a diferencia
de los demás utópicos, Owen siempre incluye, en sus
planes de "sociedad ideal", todos los cálculos necesarios sobre
costes, beneficios, mantenimiento, etc. Son los cálculos usuales de un
empresario, que encontramos en su Autobiografía como una forma normal de
expresarse: la de un pañero y no la de un político o un intelectual. El socialismo es sin duda un asunto
intelectual, y Owen no era un intelectual, ni un gran pensador, ni un buen
escritor. Para los socialistas fabianos, británicos,
no marxistas y aun menos radicales, descubrir al Owen público, posterior a
1812, en su pedigrí fue todo un acontecimiento. Desde entonces Owen es una
figura grandiosa dentro del socialismo. Pero ¿qué pasa con Owen antes de 1812? Esta no es una pregunta
biográfica, sino intelectual. Owen no llegó a sus ideas socialistas estudiando
libros,[14][14] ni siquiera sintiendo la miseria de la clase trabajadora: llegó al
convencimiento de que unas mejores condiciones de trabajo mejoraban a la vez la
productividad y la felicidad de todos en sus años de actividad empresarial en
el sector textil; y llegó a esas ideas precisamente por el éxito que cosechó en
su aplicación, diríamos a pequeña escala, pero la empresa que dirigió con 20
años tenía 500 empleados, lo que no es "pequeña escala" en al final
del siglo XVIII; y New Lanark,
su bandera, era probablemente el establecimiento fabril más grande de su época,
y un modelo que visitaban por igual filántropos y empresarios. Owen no tuvo
ninguna dificultad para encontrar socios que invirtieran en New
Lanark confiando el establecimiento a su dirección:
era un reputado gestor y hombre de negocios, con un capital respetable, un
socio bien relacionado y de solvencia probada. Después vendrá la filantropía,
el querer dedicar todos los beneficios por encima del rendimiento fijo del
capital a mejorar la educación de los niños; pero todo eso llegará a su cabeza
a través de pocos libros y mucha actividad comercial, fabril, empresarial.
Después,
convertido en un filósofo de poca monta pero de mucha influencia por su propia
fuerza como líder político y antes como empresario, produjo numerosísimos escritos
y también acción política. Pero su papel
político vino como consecuencia de su éxito como empresario y gestor de
personal. Como afirma Gatrell (en Owen, 1970, p.
47) Owen había refutado las ideas tradicionales sobre los trabajadores en New Lanark, y trató de hacer lo
mismo en toda Inglaterra. Fue ese cambio de énfasis el que le convirtió en
portavoz de la clase trabajadora ("It was this change
of enphasis which –almost incidentally–
made him the spokesman of the
working people").
Primero estaba el
magnífico gestor de recursos humanos, que llega a ser, con 28 años, el director
del mayor establecimiento textil de Gran Bretaña y uno de los accionistas
principales. En el Prefacio al tercer ensayo de New View of Society, que reproducimos completo al final de este
trabajo, Owen afirma que "desde el comienzo de mi dirección, consideré a
los trabajadores, junto con los mecanismos y todas las otras partes del
establecimiento, como un sistema compuesto por muchos elementos. Era mi obligación y mi interés combinarlos
para que cada trabajador, así como cada resorte, cada palanca y cada rueda
pudieran realmente cooperar con el fin de producir el mayor beneficio
pecuniario para los propietarios." Y continua con recomendaciones
dirigidas a los empresarios, no a su corazoncito filantrópico, sino a su
tarea como negociantes: "si dedicar el debido cuidado al estado de sus
máquinas inanimadas puede producir resultados tan beneficiosos, ¿qué no puede
esperarse si dedican la misma atención a sus máquinas vitales que están mucho
más maravillosamente construidas? ... Por mi experiencia, que no puede
engañarme, me aventuro a asegurarles que su tiempo y su dinero aplicados de
esta forma, si están dirigidos por un verdadero conocimiento del tema, les
rendirán no cinco, diez quince por ciento de sus capitales invertidos sino con
frecuencia cincuenta y en muchos casos el cien por cien."
Y Owen no sólo
sabía de lo que hablaba, sino que los empresarios del sector sabían a quién
escuchaban. El valor de las fábricas de New Lanark pasó de 60.000 libras en 1799, cuando lo compraron
Owen y sus socios, a 114.000 en 1813, cuando se subastó por desavenencias entre
los capitalistas; y los beneficios fueron, entre, 1809 y 1813, de 160.000
libras. Solo en los dos años de 1820-21 rindió un beneficio de 15.000 libras.
La filosofía y el razonamiento no eran el fuerte de Owen, la economía Política,
tampoco, pero en su negocio, como dice Marx de todos
los capitalistas burgueses, sabía muy bien lo que hacía, y así lo entendían los
próceres de su época. "Pero al capitalista", dice Marx
en El Capital, "todo este asunto [la explicación del plusvalor por parte de la Economía Política] le importa un comino. Deja esos subterfugios
enclenques y vacías patrañas y otras creaciones por el estilo, a cargo de los
profesores de economía política, a los que él mismo paga por ello. El es un
hombre práctico, que si bien fuera del negocio no siempre considera a fondo lo
que dice, sabe siempre lo que hace dentro de él." Marx
presenta lo que ocurre dentro de la empresa
la autoridad absoluta del capitalista
como contraste con lo que ocurre fuera de ella el funcionamiento de las
leyes económicas que presentan los teóricos. Es la misma diferenciación que
hará Coase. (Santos, 1997, pp. 156-169). Para Marx tiene un significado político; para Coase, de teoría económica. Para Owen, antes de 1812,
"lo que ocurre dentro de la empresa" no es algo tan simple y tan
político como la autoridad absoluta del capitalista, sino que "sabe muy
bien lo que hace dentro de ella", como dice Marx
del capitalista dentro de la empresa, es algo bastante más complicado y
cambiante, que sus contemporáneos no sabían hacer y él sí.
La
"autoridad absoluta del capitalista" puede ser una buena expresión
para criticar las pretensiones políticas del laisez-faire económico, pero dentro de la empresa las cosas son más
complicadas. Por ponerlo en palabras de Leibenstein,
un economista actual que se ocupa de la motivación de los grupos de trabajo
dentro de la empresa: Los estudios empíricos muestran que los factores
psicológicos son importantes; las unidades pequeñas son más productivas que las
grandes; los grupos compuestos por amigos son más productivos que los sin lazos
de amistad; los grupos supervisados de forma general son más productivos que
los supervisados de cerca; los grupos que reciben más información sobre la
importancia de su trabajo son más productivos ("que la dirección preste
especial atención a un grupo de trabajadores puede incrementar la
producción").[15][15] Desde Owen hasta Elton Mayo y las ideas de
las "Relaciones Humanas", pasando por el Taylorismo, de muy distinto
signo, hay un salto enorme que no pretendo ignorar. Pero los problemas con que
Owen se enfrentó son del mismo estilo
que los que hoy se discuten en la administración de recursos humanos. El que lo
hiciera en un marco social y económico absolutamente nuevo engrandece su figura
histórica; el hecho de que podamos interpretarlo de dos maneras, una
paternalista y otra puramente organizativa, nos muestra que el análisis de sus
logros y de sus fracasos puede traernos enseñanzas útiles en la actualidad.
Lo que nos
interesa destacar aquí es que Robert Owen el
reformador social nunca dejó de ser Owen el empresario modelo de la revolución
industrial. Hablando y actuando en un período de grandes cambios industriales y
por tanto sociales, aparecen mezclados la defensa de la humanidad con lo que
hoy llamaríamos los incentivos a la productividad. En su testimonio ante el
Parlamento, en 1815, sobre las condiciones de trabajo en New
Lanark, el lenguaje técnico casi nos hace olvidar que
lo que se está discutiendo es si los niños deben trabajar en las fábricas a la
edad de cinco o seis años durante trece, catorce o hasta dieciséis horas
diarias (según cómo fuera de duro el industrial), como era lo habitual
entonces; o a los diez años, como Owen había establecido en New
Lanark; o a los doce, que el lo que Owen propone y
habría hecho hace tiempo, dice, si las fábricas fueran suyas al cien por cien.
Owen comienza su
testimonio afirmando que era el propietario principal y el gerente:
"principal propietor and
sole acting partner of the
establishment at New Lanark, in Scotland", un pueblo-fábrica donde viven 2.300
personas de las cuales trabajan directamente en la fábrica 1.700; la diferencia
son las escasas personas que no trabajaban en las fábricas: algunos niños, los
ancianos, y algunas esposas). Afirma que no emplea niños de menos de diez años
porque sería a la vez perjudicial para los niños y nada beneficioso para los empresarios
("and not beneficial to the propietors").
Describe las reformas emprendidas (la principal, un economato que financia la
escuela), y considera el mejor logro la mejora moral de los obreros. Pero
termina describiendo "otras ventajas importantes, desde le punto de vista
pecuniario." Como los trabajadores se dan cuenta de que se presta atención
a su mejora, están dispuestos a trabajar incluso a salarios mucho
menores que los que se pagan en fábricas cercanas.[16][16]
Casado (1998)
considera que "entre 1850 y 1870 los casos de empresas de gran tamaño y de
elevado número de obreros son escasas"; cita algunas empresas de la
siderurgia, minería o textil, y continua: "De igual manera, las empresas
que en esa época habían iniciado un proceso de integración vertical y horizontal
eran muy pocas. El caso de la gran fábrica textil dirigida por Robert Owen en New Lanark (Escocia), que llegó a tener 1.600 obreros en 1817,
o el de los complejos minero-metalúrgicos de Cockeril
en Bélgica, son extraordinarios" (p. 43). Lo que nos interesa de esta referencia
no es lo excepcional del tamaño de la fábrica de Owen, sino su cita en un texto
de historia empresarial nada teórico, como el empresario líder del sector, y
precisamente del sector textil algodonero organizado en torno a Manchester, en
Inglaterra, y no como el pensador que estamos acostumbrados a estudiar. Y
Casado destaca que las empresas textiles de Manchester eran más pequeñas y
artesanas que las de Estados Unidos y, cabe pensar, que las de New Lanark. ¿Era Owen un gestor
capaz de dirigir una empresa "moderna", en el sentido de Chandler, con su complejo mecanismo de gestión de personal,
en un mundo donde los capitalistas pensaban como Smith,
en la atenta vigilancia del negocio como clave de la rentabilidad, más el
añadido escandaloso de Bernard Mandeville
contrario a la extensión de la educación de la infancia? Cuando, unas páginas
más adelante, Casado explica las investigaciones de François
Crouzet sobre los orígenes sociales de los
empresarios de la Revolución Industrial, concluye que "lo fundamental son
las clase medias, y no hay ningún self-made-man" (p. 48). Aquí hubiera venido bien la
excepción, otra vez, de Owen: nacido en una humilde familia galesa, con treinta
años había hecho ya una fortuna, trabajando desde los diez años como aprendiz con
un hermano, y así aprendió el oficio, a la vez que ganó su subsistencia. Asumió
la dirección de New Lanark
en 1800, poco después de su matrimonio con la hija del propietario, cuando ya
era un hombre rico hecho a sí mismo en la industria textil. (No olvidemos que
tanto David Dale, su suegro, como el señor McGuffon,
su primer patrón, eran self-made-men. Crouzet está en lo cierto si se refiere a que sus padres no
eran en modo alguno trabajadores de las fábricas o
campesinos; pero "clases medias" significa entonces algo que sólo
puede entenderse por contraposición a la aristocracia y a los ricos
comerciantes). Tampoco cuadra esta vida con lo que Casado considera la
formación normal entre los empresarios de la época: "En este buen nivel de
enseñanza [los niveles secundarios de la educación británica] es en el que se
formaron gran parte de los directores de la primera Revolución Industrial"
(p. 54). Robert Owen se formó "en el tajo",
en el sector puntero de la revolución industrial, con su propia iniciativa.
Pero en definitiva, lo que Casado nos
está contando es el paso de la empresa preindustrial, pequeña, artesanal, sin
grandes necesidades de capital, de conocimientos técnicos o de organización e
iniciativa empresarial, a la empresa industrial moderna en sus primeras fases.
"Si la aparición del sistema fabril produjo transformaciones en los medios
de producción y en los empresarios, otro tanto se puede decir en la población
trabajadora. ... El factory system ... supuso que las formas centralizadas de organización
fueran las imperantes y, progresivamente, las mayoritarias. ... Si estas
transformaciones afectaron a la mano de obra de la industria moderna, también
lo hicieron, aunque de manera diferente, a la dirección de empresas. Ahora, la
gestión de los recursos humanos se convertirá en uno de sus componentes. Hasta
entonces, los empresarios preindustriales nunca se habían enfrentado a la tarea
de tener bajo sus órdenes a un número tan elevado de empleados. ... Cómo
reclutar mano de obra, cómo imponer una disciplina de trabajo, cómo formar a
dicha población laboral, dónde alojarla, cómo retribuirla, se convierten en
problemas habituales. Para afrontarlos, los empresarios no contarán apenas con
experiencias anteriores, por lo que lo habitual fue el recurso a improvisar en
la práctica la dirección de dicha mano de obra. Hubo algunos teóricos de tal
cuestión, como Robert Owen, pero su repercusión fue
mínima". Aquí desaparece también la referencia de Casado a los métodos de
gestión de personal: luego dedica un apartado a "Las nuevas formas de
gestión empresarial", dedicado a la financiación, a la contabilidad y a la
publicidad, y finalmente a "los
inicios de la moderna dirección de empresa". Y concluye con pleno acierto,
a mi entender, que "la aparición de los principios
de dirección de personal y de las nuevas formas de organización del trabajo
será fruto del pensamiento filantrópico del socialismo utópico. En este aspecto
es destacable el papel de Robert Owen, el cual llegó
a ponerlos en práctica en su fábrica de hilados de algodón de New Lanark (Escocia). Allí, en
contra de los criterios de la época, redujo las jornadas de trabajo, mejoró sus
condiciones, aumentó los salarios,[17][17] estableció cálculos del rendimiento de los obreros y elaboró teorías
acerca de cómo había de distribuirse científicamente la labor de estos"
(p. 64). [Cuadro nº 1.- Metodos aplicados en las
fábricas para disciplinar a los niños empleados, 1833.]
Vigencia de Owen: el "modelo
participativo" de empresa
Gatrell
concluye su introducción diciendo que el Owenismo,
aunque queden vestigios de él en movimiento cooperativo moderno, es hoy
principalmente un fenómeno del pasado (Owen 1970, p. 80). Mi argumentación en
este trabajo es la contraria: visto desde la historia del socialismo,
seguramente es así. Pero visto de forma más amplia, desde la historia y
actualidad de las organizaciones, de las grandes empresas y su organización, la
tarea de Owen no sólo es pionera, sino que impresiona por su actualidad, por su
preocupación por los recursos humanos como un factor tan importante para la
competitividad de la empresa como la tecnología, y todo ello, sobre todo en el
Owen de 1812, que fue el que forjó su pensamiento posterior, aprendido y
contrastado dentro de la fábrica, dentro de una forma de organización y
producción tan innovadora en ese momento, desde el punto de vista tecnológico y
organizativo, que el propio término de "fabrica" (factory) es usado por Owen en sus
memorias, ya en 1857, como una palabra técnica, nueva, "como se empezaba a
llamar a estos establecimientos", nos dice. El socialismo político, como
ideal y como organización de poder concreta, ha sido muy importante en los dos
siglos pasados. Si pertenece al pasado o no, no es mi tema en este trabajo.
Pero los esfuerzos de Owen por establecer incentivos adecuados para los
trabajadores dentro del proceso productivo son hoy un ejemplo impresionante por
sus logros y una inspiración viva para cualquiera que quiera entender qué es lo
que hace a unos trabajadores más motivados que otros, mejor organizados, y más
productivos, y si digo más felices no estoy, en modo alguno, saliéndome del
tema. La satisfacción en el puesto de trabajo es uno de los aspectos que
cualquier director de recursos humanos debe tener en cuenta para conseguir
motivación y productividad. Lo que Salas llama el "modelo
participativo" de empresa (1993, p. 138) no es una discusión sobre el
socialismo político ni sobre las cooperativas, sino sobre las formas eficientes
de organización empresarial. Estas no siempre coinciden con los ideales de
Owen, ni con la autoridad tradicional: depende de los sectores, de los países,
de la tecnología, de tantas cosas que hoy estudiamos y que antes de Owen se
encerraban en el desprecio del factor humano dentro de la empresa (el término
en inglés para referirse a los trabajadores de las fábricas es "hands", manos). El primer Owen, industrial,
empresario, gestor de personas y máquinas, innovador con éxito, es el que nos
impresiona en este terreno, y, no lo olvidemos, es el que forjó
intelectualmente al Owen político más difundido.
Y
es justo en este terreno donde debemos volver a la biografía de Owen como industrial y preguntarnos por la
clave de su éxito. Y esa clave parece estar muy relacionada con su propia
persona. En lenguaje profesional y un tanto provocativo, podríamos decir que New Lanark estaba mucho más lejos
del socialismo o del movimiento cooperativo que del "paternalismo
industrial". (Dejemos para otra ocasión la misma pregunta referida a la
empresa participativa de que habla Salas, o el modelo japonés de dirección de
empresas). David Dale había sido para los trabajadores de New
Lanark "como un padre para sus hijos" (Gatrell, p. 41), y así es como los trabajadores
considerarían al propio Owen. Su carisma y su filantropía, juntos, debían de
ser poderosos como elemento de motivación para sus subordinados. Tal vez mucho
más que el propio diseño organizativo puesto en marcha por él: las comunidades
que fue fundando después, ya como político y filántropo, fracasaban tan pronto
como la dirección quedaba en manos distintas de las de Owen. Los numerosos
visitantes de New Lanark,
personalidades notables de la época, entre ellos el futuro Zar de Rusia y la
nobleza aristocrática inglesa, además de los industriales, no sólo quedaban
impresionados al ver aquella masa de trabajadores convertida en diligente,
pacífica y productiva. También quedaban impresionados por la relación de los
trabajadores con Owen: se había convertido en una especie de padre, o quizá en
una especie de noble señor propietario de tierras traducido a la industria.[18][18] La misma relación que
sorprende hoy a los visitantes y estudiosos del modelo japonés de dirección de
empresas: directivos y empleados de bajo nivel conviven bien cerca dentro y
fuera del horario de trabajo, y a la vez la jerarquía es tan fuerte que no hace
falta resaltarla con diferencias artificiales.
Revolución Industrial y Ludittas
Lo curioso es que la primera agitación
obrera seria, especialmente violenta en los años 1811 y 1812,[19][19] no iba contra los severos capataces o altivos aristócratas, sino
contra las máquinas y las innovaciones tecnológicas, a las que hoy, en
perspectiva, vemos como el verdadero símbolo y señal de que se estaba
produciendo la Revolución Industrial. No hay más que cotejar fechas para ver
que Owen estaba en medio del polvorín, y que como hombre práctico no tenía
ninguna duda de que las máquinas aumentaban la productividad y el bienestar de
la población. Ekelund y Hébert
afirman: "Mientras hacía una carrera de éxito en la industria textil, Owen
observó los cambios en la vida económica y social provocados por la rápida
introducción de la maquinaria. Las maravillas mecánicas representadas por las
maquinas de hilar [de Arkwright (Water Frame, patente de 1769), Hargreves (Spinning Jenny, patente de 1770), y Crompton (Spinning Mule,
híbrido de las dos anteriores, también llamada Mule Jenny, patente de 1779), Valdaliso y
López, 2000, p. 96] contribuyeron a que Owen se convirtiera en un hombre
rico." (p. 257) Añaden "pero su impacto también atrajo la atención de
Owen hacia la situación del trabajador textil". El añadido es
seriamente equívoco. Lo que llamó la
atención de Owen no era el impacto negativo de la maquinaria sobre los
trabajadores, sino todo lo contrario: como era posible que con el aumento tan
formidable de productividad que suponían, los trabajadores siguieran viviendo
en la miseria.
Para
Engels, la respuesta estaba clara: el aumento de la
productividad se iba íntegramente a pagar el interés del capital y los beneficios
de los capitalistas, dice en el mismo capítulo de Socialism: Utopian and Scientific [1880]. Parece claro que Engels
no comprende al Owen empresario. Porque para Robert
Owen, lo importante era demostrar que, mejorando las condiciones de trabajo y
la educación, se lograban empresas más
rentables. El aspecto más llamativo de la economía de principios del siglo
XIX era la contradicción entre el descubrimiento de posibilidades productivas
desconocidas hasta entonces y que se consideraron ilimitadas, y la miseria
escandalosa de las masas en un grado superior o al menos más visible que antes
de las innovaciones tecnológicas. Pero mientras a Marx
y a Engels esto les llevaba a defender la revolución
como filósofos, a Owen le llevaba a intentar organizar empresas-comunidades,
como empresario, filántropo o no. Casi dos siglos después podemos decir que
quien tenía razón era Owen: el impulso filosófico marxista no pudo con el
desastre productivo soviético.
La
furia luddita se concentró contra las máquinas textiles.
En 1733, la "lanzadera volante" de John Kay multiplica el rendimiento del tejedor. El inventor fue
primero expulsado de Colchester, perseguido luego de
ciudad en ciudad, y finalmente tuvo que refugiarse en Francia. En 1758,
Lawrence Earnshaw construye una máquina para hilar
algodón, y la rompe nada más hacerla "para no quitar a los pobres el medio
de ganarse el pan" (Sauvy, 1986, p. 45). En 1768, un mecánico hilandero sin
instrucción, James Heargraves inventa la jenny, que reemplaza varios tornos. Los obreros asedian al
inventor en su casa y destrozan sus máquinas. Heargraves
morirá en la miseria. Hacia el final de siglo se forman bandas armadas que no
pueden ser aplastadas más que por la artillería. Y más impotencia del poder que
otra cosa representa la pena de muerte que se decreta en 1812 contra los
destrozadores de máquinas, que no era simbólica: quince de ellos fueron
ejecutados en la ciudad de York en 1813.
Sauvy
concluye de forma un tanto despectiva hacia las ideas: "El contraste es
notable, en aquel fin de siglo, entre el mundo de los economistas, creyentes o
insensibles, y una población llamada a sufrir los dolores del parto de una
nueva sociedad. La opinión popular, incluso la clase media, se pone de parte de
los obreros, mientras que el poder apoya no digamos a los economistas, a
quienes muchas veces ignora, sino a las industriales" (p. 46). Pero Owen
sí tenía ideas claras sobre esta cuestión. Estableció el pago en "bonos
trabajo" para conseguir que la demanda creciera pari passu con el aumento de la
productividad, pero nunca le preocupó la máquina, sino al revés: confió en ella
para remediar los males de la humanidad. (Aunque, después de las guerras
napoleónicas, sus propuestas de comunidades autosuficientes tenían un
significado de lucha contra el desempleo, Owen no achacó la crisis y el paro de
entonces a la innovación tecnológica, sino al cambio de la situación productiva
con la finalización de las guerras[20][20]). Y su aceptación del progreso tecnológico no era porque acelerase la
llegada de la revolución, como pensaban Marx y Engels, sino como hombre
práctico, empresario de la fábrica. Los escritos y la actividad sindical de Robert Owen son posteriores a la actividad industrial
rentable y aplaudida de Owen; en parte por hacerse comunista hasta ser
considerado el Anticristo, en parte por arruinarse con sus experimentos, la
etapa de Owen como escritor y como promotor de un sindicato, primero, y del
movimiento cooperativo, después, son bien diferentes a la etapa de Owen
industrial metido de lleno en ganar dinero organizando adecuadamente la
producción en el sector puntero tecnológicamente hablando y el más conflictivo
socialmente, y mostrando que para hacerlo había que aplicar unos métodos que
considerasen a los trabajadores un activo crucial de la fábrica.
Estamos acostumbrados a venerar a Robert Owen por haberse gastado su fortuna en experimentos
filantrópicos. Aquí estamos mirándole desde el punto de vista contrario: la
fortuna que se gastó la había ganado como empresario, y precisamente como
empresario ocupado de los incentivos positivos para sus trabajadores. Fue un
pionero, con éxito, en entender la organización y la motivación dentro de la
empresa, en el sector líder de la revolución industrial. Por grande que sea su
talla humanitaria, su aportación pionera a la ciencia y a la práctica de la
organización empresarial es inmensa, y despreciada y olvidada. Y el punto de
vista que sostengo en este trabajo es que para entender el fracaso de Robert Owen no hay que mirar a la crítica de Marx y Engels hacia los
socialistas utópicos, sino hacia el terreno en el que Owen era pionero: los
incentivos de los trabajadores. Acertó en motivarlos y se equivocó en qué era
lo que les estaba motivando. No eran sólo las mejoras sociales, era la propia
personalidad magnética y paternal de Robert Owen la
que conseguía la sobreproductividad.
(Aunque las
cooperativas no sean el tema de este trabajo, mencionemos que de este mismo
problema tratan hoy los estudiosos y prácticos de las cooperativas: las que
triunfan suelen ir unidas a una personalidad concreta fundadora, sea cual sea
su papel formal en la cooperativa).
¿Por qué tuvo
éxito Owen en la empresa de Manchester, con 500 empleados, y en New Lanark, con casi dos mil, y
sin embargo fracasaron los experimentos que diseñó? Para entenderlo, hemos de
corregir lo que el propio Owen pensaba que estaba ocurriendo. Owen entendía que
New Lanark era la
confirmación de que los trabajadores, una vez eliminados los castigos y la
falta de consideración habituales en la empresa preindustrial, tenían ya –y
tendrían en mucha mayor medida después de una educación adecuada– capacidad
para autogestionar una empresa tan compleja como New Lanark o una comunidad como New Harmony. La realidad es que las comunidades que fundó
fracasaban cuando él mismo dejaba de
estar al frente. Su conocimiento de las técnicas de gestión, y su propio
carisma ante los trabajadores, eran un elemento fundamental del éxito de sus
empresas, éxito que él atribuía a los propios trabajadores moralmente mejorados.
En 1826, los colonos de New Harmony
exigieron que el propio Robert Owen dirigiera
personalmente la comunidad, al menos durante el primer año, tal como se había
estipulado en las condiciones iniciales. Owen volvió, y las cosas parecieron
mejorar, al menos por un tiempo. Así, el 22 de marzo de ese año, un editorial
del New Harmony Gazette decía: "Mientras hemos estado discutiendo
ideas abstractas, hemos descuidado las soluciones prácticas. Nuestras energías
se han gastado en esfuerzos inútiles ... Pero con la
infatigable atención del señor Owen, el orden y el sistema se han introducido
en todos los sectores de los negocios. En nuestras calles ya no se ve gente
ociosa charlando; todo el mundo está ocupado seriamente en el oficio que ha
elegido. Nuestras reuniones públicas, en lugar de ser el escenario de disputas
oratorias, son ahora reuniones de negocios" (Robert Dale Owen,
pp. 285-289). Parece claro que los
colonos de New Harmony
entendían bien la diferencia entre estar bajo la dirección técnica de un reputado
y carismático gestor, o estar bajo la dirección política de un comité
democrático profesionalmente incompetente.
Alfred Marshall, que
compartía con Owen y los socialistas utópicos, y con John
Stuart Mill, el
convencimiento acerca de la superioridad moral de la cooperativa como forma de
organización, era consciente, en 1889, de que la "capacidad para los
negocios", más importante cuanto más crecía la complejidad de las empresas
en el mundo moderno, era lo que verdaderamente dificultaba la generalización de
las cooperativas.[21][21] Resulta verdaderamente llamativo que Marshall,
que jamás dirigió una empresa grande ni pequeña, fuera plenamente consciente de
la importancia de la dirección profesional en los negocios; mientras que Robert Owen, que era uno de los gestores más reputados y
mejor pagados de la época, minusvalorase de tal manera su propia tarea en la
organización de la empresa y en la gestión de los recursos humanos. Los economistas
clásicos ingleses contemporáneos de Owen, en cambio, entendía poco o nada de
administración de empresas, y sólo se fijaban en las propuestas comunistas de
Owen frente a la atractiva e
individualista visión de Adam Smith
(y, añadiremos, tan poco consciente de la Revolución Industrial que se está
iniciando precisamente alrededor de 1776, fecha de publicación de La Riqueza de las Naciones: la fábrica
de alfileres de que nos habla Smith tiene 10 o 12
empleados, no necesita administración de personal distinta de la atenta
supervisión directa del capitalista o algún hombre de su confianza). David
Ricardo, en 1819, critica, en una
carta a un amigo, la idea de Owen de que mediante la cooperación voluntaria se
podía incrementar grandemente la producción: "¿Puede una persona razonable
creer, como Owen, que una sociedad, tal como él la proyecta, pueda prosperar y
producir más de lo que hasta ahora ha sido producido por un número igual de
hombres, si se encuentran estimulados por el interés de la comunidad en lugar
de serlo por su interés privado? ¿No se alza la experiencia de las generaciones
contra él?"[22][22] Podríamos contestarle que la
triunfante experiencia empresarial de Owen se alzaba contra la consideración de
los trabajadores como "hands", tanto como
sus ideales humanitarios.
PREFACIO
DE ROBERT OWEN AL TERCER
ENSAYO DE A
NEW VIEW OF
SOCIETY [1813]
--------------------
BIBLIOGRAFÍA
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del Anti-Düring (cap. 1 de la Introducción y cap.
I y II del la Tercera Parte), que se publicó por separado como panfleto, por
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1880; y que tuvo gran éxito y fue
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Traducción española: Owen, Robert, Una
nueva visión de la sociedad (el título que aparece en portada es Nueva visión del mundo). Barcelona: Hacer,
1982. La traducción del "Discurso" que se incluye en este trabajo
corrige en numerosas ocasiones a esta edición.
–––– (1920) The Life of Robert Owen, by Himself
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Salas Fumás, Vicente (1993),
"La empresa en el análisis económico", en Papeles de Economía Española, nº 57, pp. 126-170. El texto va
seguido de comentarios por Julio Segura, Antoni
Serra Ramoneda y Benito Arruñada.
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Carlos, et al, Los socialistas utópicos. Marx y sus dicípulos, Madrid: Síntesis.
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–––– (1994), "La
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Barcelona: Crítica.
Wilson, Edmund (1972), Hacia
la estación de Finlandia [To the
Finland Station, 1940],
Madrid, Alianza.
[23][23] Este "Discurso" ("An Address") fue incluido en todas las ediciones como
Prefacio al Tercer Ensayo de A New View of
Society. Este Tercer ensayo fue escrito al final de
1813, y circuló ampliamente, impreso como folleto, antes de que los 4 Ensayos
fueran publicados conjuntamente, como segunda edición de A New View of Society, en 1816. Gatrell,
en su Introducción a la edición de Penguin de las
obras de Owen (p. 39-40) dice que este escrito puede ser incluso irónico, cosa
que cualquiera que lea la Autobiografía de Owen no puede creer de ninguna
manera. Pero incluso Gatrell explica después que los
problemas a los que se enfrentó Owen en New Lanark fueron los mismos con los que se enfrentaban los
industriales de la época en sus fábricas, y la manera de resolverlos de Owen
fue plenamente rentable.
Cuadro nº 1.-
Metodos aplicados en las fábricas para
disciplinar a los niños empleados, 1833
|
Métodos de castigo
|
Número de
empresas que los utilizan |
Métodos de
premio |
Nº de empresas
que los utilizan |
|
Despido Amenaza de
despido Multas,
deducciones del salario Castigo
corporal Quejas a los
padres Prohibición de
abandonar la fábrica Atuendo
distintivo degradante |
353 48 101 55 13 2 3 |
Amabilidad Promoción o
salarios más elevados Recompensa o
premio |
2 9 23 |
|
Total |
575 (de 609) |
|
34 (de 609) |
Fuente: Valdaliso y López (2000, p. 215), tomado de Pollard (1987). También, Casado (1998, p. 56), tomado de J.
Rule, Clase
obrera e industrialización, 1990.
Figura nº 1.-
Dibujo del edificio principal y el mecanismo de utilización de la fuerza
motriz del agua, en New Lanark.
Fuente: Website
“The Falls of the Clyde, New Lanark Mills. 18th Century water-powered Cotton
Mills”, http://www.aboutscotland.com/water/clydenl.html.
––––––––––
TRADUCCIÓN DE LAS PALABRAS QUE APARECEN DENTRO DEL DIBUJO
New Lanark Fábrica Nº 1 (1789)
Elevation: Alzado
The cutaway shows....: El corte muestra
como se transmite la energía desde la rueda movida por el agua hasta todas las
plantas de la fábrica
Overshot Water wheel:
Rueda de agua con toma por la parte superior
Section: Sección
Mill
Lade: Represa para toma de agua
Sluice
Gate: Compuerta
Discharge to de Clyde:
Desagüe al río Clyde
[1][1] Agradezco a Jose Luis Ramos sus comentarios a varios borradores de este texto.
[3][3] Véase Santos y Ramos (2000) para una revision moderna de los socialistas utópicos dentro de la historia del socialismo.
[13][13] Valdaliso y López (2000), que se ocupan más del papel de Owen en la promoción del gran sindicato birtánico en 1834 (p. 219) que de su experiencia como industrial, ponen a New Lannark bajo la etiqueta de “colonia utópica”, similar al falansterio de Fourier (p. 74), a mi entender erróneamente.